Seguro que alguna vez te has montado en un autobús, posiblemente más de una, incluso diariamente. Todos lo hemos hecho.
Hay veces que nos montamos acompañados y no nos fijamos en nadie más, pero cuando nos montamos solos, únicamente acompañados con nuestro reproductor de música, cansados ya de mirar todos los días el mismo paisaje por la ventanilla, empezamos a fijarnos en las personas que nos aocmpañan en el viaje.
Yo antes no lo hacía, no me importaba lo más mínimo. Un día nos dieron una charla sobre los pacientes, una charla que me hizo darme cuenta de que debía practicar antes de tirarme a la piscina. Y empecé a investigar a las personas.
Cogí a uno cualquiera, el primero que vi: una madre joven que acompañaba a su hijo a la escuela. Un niño adorable con unos ojos preciosos, todo hay que decirlo. Los observé durante la mayor parte del camino; se veía que eran muy felices y que, sobre todo, se querían con locura. Iban hablando y riendo durante todo el camino, hasta que llegaban a la última parada y se bajaban. Nunca pude averiguar a qué colegio iba el niño, siempre tomábamos caminos diferentes. La madre sí sé que trabaja en una librería, lo supe cuando me atendió en una de mis búsquedas literarias.
Un día de buenas a primeras se bajaron en la antepenúltima parada. ¿Por qué? Siguieron haciéndolo varios días hasta que les perdí el rastro. Al fin y al cabo no siempre tomo el autobús de las 8:00.
Como me gustó investigar sobre la vida de las personas del autobús, me fijé en un hombre que siempre iba vestido de chaqueta con un toque de informalidad, joven, de unos 30 años. Me llamó la atención porque lo pillé leyendo. Y siempre que veo a alguien leyendo, me gusta. Miré disimuladamente el libro que leía y me gustó aún más: Festín de cuervos, de la saga Canción de Hielo y Fuego. El cuarto. Yo aún no me he leído el primero entero, pero son unos libros de fantasía estupendos y me chocó mucho que lo estuviera leyendo un hombre de tal apariencia. Cuando se bajó del autobús, en la última parada, intenté seguir su camino. No pude, iba demasiado deprisa. ¿Llegaría tarde?
Otro día lo pillé leyendo un libro de Historia, parecía de texto. Barajé la posibilidad de que pudiera ser profesor de Historia en la facultad de letras o en cualquier otro instituto. Y me gustó. Desde ese momento siempre lo observo cuando coincidimos en el viaje, intento averiguar cosas nuevas de él. Pero siempre llega la última parada, se abre paso entre la gente para salir el primero por la puerta… y le pierdo el rastro.
Por último hablaré de una extraña pareja que me llama especialmente la atención: una estudiante de enfermería que hace prácticas en el hospital Puerta del Mar y un hombre de 30 y tantos que la acompaña. Llegué a la conclusión de que no era su padre, porque nunca se han dado un besito en la mejilla y ni siquiera vienen juntos. Quiero decir, ella llega a la parada y él ya está allí, entonces suben juntos. Las veces que los he escuchado, ella habla de sus exámenes, de los pacientes a los que ve, de sus prácticas… Pero él nunca habla de sí mismo. ¿Qué relación mantendrán? Me gustaría pensar que son amantes a escondidas de los padres de ella, que sólo se ven en aquella media hora de viaje y que luego esperan un día entero para volverse a ver. Que nunca han mostrado cariño por el otro más que un par de sonrisas por miedo a que la gente hable. ¿Pero qué diría la gente realmente? Seguramente si los conocieran ya estarían pensando mal al verlos juntos.
No lo sé, es algo que me queda por estudiar. Se bajan en la misma parada: ella entra en el hospital y él sigue hacia delante. ¿Hacia dónde irá? El autobús es más rápido que él para llegar a su destino, así que no creo que pueda averiguarlo.
Y eso es todo, las personas que más me han llamado la atención en mis viajes. Ahora al no tener clase viajo poco, pero ya seguiré contándoos.
Un beso,
Miss Curiosity